lunes, 18 de mayo de 2009

GUIA ESTUDIO LA ECONOMIA Y EL ESTADO

La economía capitalista
El sistema económico capitalista
El capitalismo es el sistema económico propio de las democracias liberales. Dos son sus rasgos esenciales:
• La propiedad privada de los medios de producción.
• La búsqueda del máximo beneficio en un mercado en donde el libre juego de la oferta y la demanda regula la producción y el consumo de toda clase de bienes y servicios.
La evolución de la economía capitalista:
A lo largo de la historia del capitalismo, podemos dis­tinguir las tres etapas siguientes:
1. La prosperidad de los años veinte. A partir de 1924, una vez superados los desajustes producidos por la Primera Guerra Mundial, el mundo capitalista cono­ció un período de espectacular expansión económica.
2. La depresión de los años treinta. El 24 de octubre de 1929 (el tristemente célebre Jueves Negro) la bolsa de Nueva York se hundió estrepitosamente.
Los pequeños bancos estadounidenses quebraron en cadena, y la ola de quiebras no se detuvo hasta la pri­mavera de 1932. Se produjo una crisis financiera que terminó afectando a todos los sectores económicos y se extendió a todo el mundo. La crisis produjo el caos del Sistema Monetario Internacional y un crecimien­to alarmante del paro.
3. Aparición del neocapitalismo. Tras la crisis de 1929, el economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) sometió a una severa crítica los principios del capitalismo e introdujo los fundamentos teóricos del neocapitalismo.
Keynes asignó nuevas tareas al Estado en aquella situación de crisis y de depresión económica:
a• Relanzar la economía mediante el aumento de la inversión pública con base en el déficit presupuestario, aunque de manera controlada.
b• Mantener la demanda mediante el estímulo consumo, lo que debería lograrse con una política social de subsidios y pensiones, y con una mejora de salarios que permitiera a las masas acceder dicho consumo.
c• Fomentar la inversión privada.
“ El capitalismo económico se refleja en una vida de bienestar y comodidad para una minoría”.
4. La recuperación económica. Después de la Segunda Guerra Mundial, destrozadas las economías de Europa y Japón, Estados Unidos reforzó su liderazgo económico mundial. El programa estadounidense de ayuda a la reconstrucción de Europa (Plan Marshall, 1947) contribuyó a que desde 1950, durante veinte años, Europa experimentara un fue tal crecimiento económico. El nuevo esplendor de Europa fue consecuencia en gran parte, de la creada de la Comunidad Económica Europea (CEE).
La brillante evolución de la economía capitalista, supe­rados los difíciles años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se vio gravemente interrumpida en los comienzos de la década de los setenta.
La crisis de 1973 tuvo varias causas, pero la que más influyó fue la gran elevación de los precios del petróleo.
Así fue. En 1973, los países árabes productores de petróleo se confabularon para utilizar el crudo que pro­ducían como “arma política" orientada contra Israel. Los efectos de esta "arma", consistente en la ele­vación de los precios del crudo se hicieron notar sobre la economía de los países desarrollados, muy depen­dientes todos ellos de la energía petrolífera.
La elevación de los precios afectó de lleno a la econo­mía mundial, pues encareció los costos de la producción industrial y de los servicios. Como consecuencia de ello debe citarse produjo una disminución del consumo y de la actividad económica.
Los Estados dispusieron medidas para poner remedio a la situación. Estas medidas consistieron, entre otras en frenar la inflación y relanzar la inversión, a la vez que en reestructurar técnicas y sectores de producción para hacerlos más competitivos.
La situación actual
Tras la crisis de 1973, la economía capitalista ha tenido que cambiar por necesidad. Entre los motivos de dicho cambio se encuentran los siguientes:
1• Se ha demostrado que la energía es cara y limitada, y que es necesario estimular una tecnología más eficaz, lejana del derroche energético de tiempos anteriores.
2• La expansión económica de los países industrializados abre nuevos horizontes como la tecnología espacial.
• La mano de obra, cada vez más cualificada, se ha encarecido debido a dicha cualificación y los gastos sociales propios de las sociedades democráticas desa­rrolladas.
3• La creciente degradación del medio ambiente se ha convertido en una grave amenaza que no permite seguir con los anteriores sistemas de producción y desarrollo, sino que exige inmensas inversiones des­tinadas a no continuar contaminando y a desconta­minar lo contaminado.
Por otra parte, la expansión económica de los países industrializados se viene desarrollando dentro de una pauta que la diferencia de tiempos anteriores:
4• Se está iniciando una nueva fase de la Revolución industrial en la que se han desarrollado nuevas tec­nologías: espacial, electrónica, nuclear e informática.
5• Se han creado organismos de cooperación económica internacional: financieros, como el FMI.
cuestiones______________
• ¿Por qué se han dado tantas crisis en la economía capitalista?
• ¿Qué relación puedes establecer entre crecimiento económico y deterioro del medio ambiente?
• Relaciona tecnología y capitalismo económico.

La tragedia de los bienes comunales es una historia que tiene una lección general: cuando una persona utiliza un recurso común, reduce su uso por parte de otra. Como consecuencia de esta externalidad negativa, los recursos comunes tienden a utilizarse excesivamente. El Estado puede resolver el problema reduciendo su uso por medio de la regulación o de impuestos. A veces también puede convertir el recurso común en un bien privado.
Esta lección se conoce desde hace miles de años. Aristóteles, filósofo de la antigua Grecia, señaló el problema de los recursos comunales: «Lo que es común para todos recibe menos cuidados, pues todos los hombres cuidan más lo que es suyo que de lo que poseen en común con otros».

CASO PRÁCTICO: EL CAPITALISMO, EL COMUNISMO Y LOS RECURSOS COLECTIVOS
Según uno de los diez principios de la economía del Capítulo 1, los mercados normalmente constituyen un buen mecanismo para organizar la actividad económica. Sin embargo, las economías de mercado sólo funcionan perfectamente cuando los recursos son de propiedad privada; funcionan peor cuando son de propiedad colectiva. Por este motivo, la creencia de que los mercados son un buen mecanismo para organizar la sociedad va inexplicablemente unida a la creencia en la propiedad privada. Esta idea a veces se denomina filosofía política del capitalismo.
Quienes critican el capitalismo suelen desaprobar la propiedad privada. Ésta permite que la riqueza se distribuya desigualmente. Los afortunados, dotados de talento o astutos suelen acabar teniendo más recursos de la sociedad que los que carecen de esas cualidades.
Muchos de los que critican el capitalismo quieren abolir la propiedad privada como primer paso para llegar a una sociedad sin clases. Karl Marx, padre filosófico del comunismo, quería que los recursos de la sociedad se distribuyeran basándose en el lema «de cada uno de acuerdo con sus capacidades, a cada uno de acuerdo con sus necesidades». Sostenía que la propiedad colectiva de todos los recursos impediría las grandes injusticias del capitalismo.
Sin embargo, la propiedad colectiva tiene sus propios problemas. La historia ha prestado poco apoyo al ideal de Marx de una sociedad sin clases. En la práctica, los países comunistas no son tan igualitaristas como esperaba Marx. Sustituyen meramente las injusticias del mercado privado por las injusticias del sistema político. En una economía capitalista, los individuos se enriquecen ofreciendo bienes y servicios que otras personas están dispuestas a pagar. En una economía comunista, se enriquecen ganándose el favor de los que tienen poder político.
Por otra parte, la abolición de la propiedad privada tiene un gran costo desde el punto de vista de la eficiencia económica. Como hemos visto, cuando los individuos poseen colectivamente los recursos, no los utilizan eficientemente. La toma privada de decisiones puede sustituirse en principio por la toma pública de decisiones, pero esta última raras veces funciona bien en la práctica. La planificación central es demasiado difícil en una economía compleja y moderna. De hecho, los casos de Rusia y el este de Europa antes de la caída del comunismo son un testimonio de las virtudes de la toma descentralizada de decisiones y de la propiedad privada.
ESTIMADOS ESTUDIANTES LA EVALUACION BIMESTRAL ENTRARA LOS TRES TEMAS ANTERIOR MENTE VISTOS LAS GUIAS SERAN LA MEJOR GUIA DE ESTUDIO SUERTE.

jueves, 7 de mayo de 2009

TEXTO PARA DEBATE EN CLASE :CURSO BASICO DE INJUSTICIA

Curso básico de injusticia para el Desarrollo y el Subdesarrollo.
(Articulo tomado de Patas Arriba la escuela del mundo al revés – Eduardo Galeano. 1999)
Con esté texto realizaremos nuestro debate que tendrá una calificacion dependiendo de la participacion. SEMANA DE 11-15 MAYO 2009
La publicidad manda consumir y la economía lo prohíbe. Las órdenes de consumo, obligatorias para to­dos pero imposibles para la mayoría, se traducen en invitaciones al delito.
Este mundo, que ofrece el banquete a todos y cierra la puerta en las narices de tantos es, al mismo tiempo, igualador y desigual: igualador en las ideas y en las costumbres que impone, y desigual en las oportunidades que brinda.
La igualación y la desigualdad.
La dictadura de la sociedad de consumo ejerce un totalita­rismo simétrico al de su hermana gemela, la dictadura de la or­ganización desigual del mundo.
La maquinaria de la igualación compulsiva actúa contra la más linda energía del género humano, que se reconoce en sus diferen­cias y desde ellas se vincula. Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, descubriendo a lo largo de miles y miles de años.
Nos uniformiza y nos emboba, no se pue­de medir. No hay computadora capaz de registrar los crímenes cotidianos que la industria de la cultura de masas comete contra el arco iris humano y el humano derecho a la identidad. Pero sus demoledores progresos rompen los ojos. El tiempo se va vaciando de historia y el espacio ya no reconoce la asombrosa diversidad de sus partes. A través de los medios masivos de comunicación, los dueños del mundo nos comunican la obligación que todos tenemos de contemplarnos en un espejo único, que refleja los valores de la cultura de consumo.
Quien no tiene, no es: quien no tiene auto, quien no usa calzado de marca o perfumes importados, está simulando existir. Economía de importación, cultura de impostación: en el reino del engaño, al que estamos todos obligados a embarcarnos en el crucero del consumo, que surca las agitadas aguas del mercado. La mayoría de los navegantes está condenada al naufragio, pero la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajes de los que pueden viajar.
Los préstamos, que permiten atiborrar con nuevas cosas inútiles a la minoría consumidora, actúan al servició del purapintismo de nuestras clases medias y de la copianditis de nuestras clases altas; y la televisión se encarga de convertir en necesidades reales, a los ojos de todos, las demandas artificiales que el norte del mundo inventa sin descanso y, exitosamente, proyecta sobre el sur. (Norte y sur, dicho sea de paso, son términos que en este libro designan el reparto de la torta mundial, y no siempre coinciden con la geografía.)
¿Qué pasa con los millones y millones de niños latinoamericanos que serán jóvenes condenados a la desocupación o a los salarios de hambre? La publicidad, ¿estimula la demanda o, más bien, promueve la violencia? La televisión ofrece el servicio completo: no sólo enseña a confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas sino que, además, brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia, que los videojuegos complementan. “El crimen es el espectáculo más exitoso de la pantalla chica”.
Golpea antes de que te golpeen, aconsejan los maestros electrónicos.
La excepción
Existe un solo lugar donde el norte y el sur del mundo se enfrentan en igualdad de condiciones: es una cancha de fút­bol de Brasil, en la desembocadura del río Amazonas. La lí­nea del ecuador corta por la mitad el estadio Zeráo, en Amapá, de modo que cada equipo juega un tiempo en el sur y otro tiempo en el norte.
Conoces los videojuegos. Estás solo, sólo cuentas contigo. Coches que vuelan, gente que estalla: Tú también puedes matar. Y, mien­tras tanto, crecen las ciudades, las ciudades latinoamericanas ya están siendo las más grandes del mundo. Y con las ciudades, a ritmo de pánico, crece el delito. La economía mundial exige mercados de consumo en perpetua expansión, para dar salida a su producción creciente y para que no se derrumben sus tasas de ganancia, pero a la vez exige brazos y materias primas a precio irrisorio, para abatir sus costos de producción.
El mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos. Esta pa­radoja es madre de otra paradoja: el norte del mundo dicta ór­denes de consumo cada vez más imperiosas, dirigidas al sur y al este, para multiplicar a los consumidores, pero en mucha mayor medida multiplica a los delincuentes. Al apoderarse de los feti­ches que brindan existencia real a las personas, cada asaltante quiere tener lo que su víctima tiene, para ser lo que su víctima es- Armaos los unos a los otros: hoy por hoy, en el manícomio de las calles, cualquiera puede morir de bala: el que ha nacido para morir de hambre y también el que ha nacido para morir de indi­gestión.
No se puede reducir a cifras la igualación cultural impuesta por los moldes de la sociedad de consumo. La desigualdad eco­nómica, en cambio, tiene quien la mide. Lo confiesa el Banco Mundial, que tanto hace por ella, y la confirman los diversos organismos de las Naciones Unidas. Nunca ha sido menos demo­crática la economía mundial, nunca ha sido el mundo tan escan­dalosamente injusto.
En 1960, el veinte por ciento de la humanidad, el más rico, tenía treinta veces más que el veinte por ciento más pobre. En 1990, la diferencia era de sesenta veces. Desde entonces, se ha seguido abriendo la tijera: en el año 2009 la diferencia será de noventa veces.
En los extremos de los extremos, entre los ricos riquísimos que aparecen en las páginas pornofinancieras de la revista Fortune, y los pobres pobrísimos, que aparecen en las ca­lles y en los campos, el abismo resulta mucho más hondo. Una, mujer embarazada corre cien veces más riesgo de muerte en África que en Europa. El valor de los productos para mascotas animales que se venden, cada año, en los Estados Unidos, es cuatro veces mayor que toda la producción de Etiopía.
Las ven­tas de sólo dos gigantes, General Motors y Ford, superan larga­mente el valor de la producción de toda el África negra. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, diez per­sonas, los diez opulentos más opulentos del planeta, tienen una ri­queza equivalente al valor de la producción total de cincuenta paí­ses, y cuatrocientos cuarenta y siete multimillonarios suman una fortuna mayor que el ingreso anual de la mitad de la humanidad. El responsable de este organismo de las Naciones Unida James Gustave Speth, declaró en 1997 que, en el último medio siglo, la cantidad de ricos se ha duplicado en el mundo, pero la cantidad de pobres se ha triplicado, y mil seiscientos millón de personas están viviendo peor que hace quince años.
Poco antes, en la asamblea del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, el presidente del Banco Mundial había echado un balde de agua fría sobre la concurrencia. En ple­na celebración de la buena marcha del gobierno del planeta, que ambos organismos ejercen, James Wolfensohn advirtió: si las cosas siguen así, en treinta años más habrá cinco mil millones de pobres en el mundo, «y la desigualdad estallará, como una bomba de relojería, en la cara de las próximas generaciones».
Mientras tanto, sin cobrar en dólares, ni en pesos, ni en especies siquiera, una mano anónima proponía en un muro de Buenos Aires: ¡Combata el hambre y la pobreza'. ¡Cómase un pobre !.
Para documentar nuestro optimismo, como aconseja Carlos Monsiváis, el mundo sigue su marcha: dentro de cada país, se reproduce la injusticia que rige las relaciones entre los países, y se va abriendo más y más, año tras año, la brecha entre los que tienen todo y los que tienen nada. Bien lo sabemos en América Al norte, en los Estados Unidos, los más ricos disponían, hace medio siglo, del veinte por ciento de la renta nacional. Ahora, tienen el cuarenta por ciento. ¿Y al sur? América latina es la región más injusta del mundo. En ningún otro lugar se distribu­yen de tan mala manera los panes y los peces; en ningún otro lu­gar es tan inmensa la distancia que separa a los pocos que tienen el derecho de mandar, de los muchos que tienen el deber de obedecer.
La economía latinoamericana es una economía esclavista que se hace la posmoderna: paga salarios africanos, cobra pre­cios europeos, y la injusticia y la violencia son las mercancías que produce con más alta eficiencia.
Ciudad de México, 1997, datos oficiales: ochenta por ciento de pobres, tres por ciento de ricos y, en el medio, los demás. Y la ciudad de México es la capi­tal del país que más multimillonarios de fortuna súbita ha gene­rado en el mundo de los años noventa: según los datos de las Naciones Unidas, un solo mexicano posee una riqueza equiva­lente a la que suman diecisiete millones de mexicanos pobres.
No hay en el mundo ningún país tan desigual como Brasil, y algunos analistas ya están hablando de la brasilización del plane­ta, para trazar el retrato del mundo que viene. Y al decir brasili­zación no se refieren, por cierto, a la difusión internacional del fútbol alegre, del carnaval espectacular y de la música que des­pierta a los muertos, maravillas donde Brasil resplandece a la mayor altura, sino a la imposición, en escala universal, de un modelo de sociedad fundado en la injusticia social y la discrimi­nación racial.
En ese modelo, el crecimiento de la economía multiplica la pobreza y la marginación. Belindia es otro nombre de Brasil: así bautizó el economista Edmar Bacha a este país donde una minoría consume como los ricos de Bélgica, mien­tras la mayoría vive como los pobres de la India.
En la era de las privatizaciones y del mercado libre, el dinero gobierna sin intermediarios. ¿Cuál es la función que se atribuye al estado? El estado debe ocuparse de la disciplina de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y de la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un estado juez y gendarme, y poco más.
En muchos países del mundo, la justicia social ha sido reducida a justicia penal. El es­tado vela por la seguridad pública: de los otros servicios, ya se encargará el mercado; y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza.
Aunque la administración pública quiera disfrazarse de madre piadosa, no tiene más remedio que consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y castigo. En estos tiempos neoliberales, los derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder se ocupa de la salud pública y de la educación pública, como si fueran formas de la caridad pública, en vísperas de elecciones.
La pobreza mata cada año, en el mundo, más gente que toda la segunda guerra mundial, que a muchos mato. Pero, desde el punto de vista del poder, el exterminio no viene mal, al fin y al cabo, si en algo ayuda a regular la población, que está creciendo demasiado. Los expertos denuncian los excedentes de población al sur del mundo, donde las masas ignorantes no saben hacer otra cosa que violar el sexto mandamiento, día y noche: las mujeres siempre quieren y los hombres siempre pueden.
¿Excedentes de población en Brasil diecisiete habitantes por kilómetro cuadrado o en Colombia, donde hay veintinueve? Holanda tiene cuatrocientos habitantes por kilómetro cuadra­do y ningún holandés se muere de hambre; pero en Brasil y en Colombia un puñado de voraces se queda con todo.
Haití y El Salvador son los países más superpoblados de las Américas, y están tan superpoblados como Alemania.
El poder, que practica la injusticia y vive de ella, transpira violencia por todos los poros. Sociedades divididas en buenos y malos: en los infiernos suburbanos acechan los condenados de piel oscura, culpables de su pobreza y con tendencia hereditaria al crimen: la publicidad les hace agua la boca y la policía los echa de la mesa.
El sistema niega lo que ofrece, objetos mágicos que hacen realidad los sueños, lujos que la tele promete, las lu­ces de neón anunciando el paraíso en las noches de la ciudad, esplendores de la riqueza virtual: como bien saben los dueños de la riqueza real, no hay valium que pueda calmar tanta ansie­dad, ni mejoral capaz de apagar tanto tormento. La cárcel y las balas son la terapia de los pobres.
Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece. La pobreza puede merecer lástima, en todo caso, pero ya no provoca indignación: hay pobres por ley de jue­go o fatalidad del destino. Tampoco la violencia es hija de la in­justicia. El lenguaje dominante, imágenes y palabras producidas en serie, actúa casi siempre al servicio de un sistema de recom­pensas y castigos, que concibe la vida como una despiadada ca­rrera entre pocos ganadores y muchos perdedores nacidos para perder. La violencia se exhibe, por regla general, como el fruto de la mala conducta de los malos perdedores, los numerosos y peligrosos inadaptados sociales que generan los barrios pobres y los países pobres. La violencia está en su naturaleza.
Ella co­rresponde, como la pobreza, al orden natural, al orden biológi­co o, quizá, zoológico: .así son, así han sido y así seguirán siendo. La injusticia, fuente del derecho que la perpetúa, es hoy por hoy más injusta que nunca, al sur del mundo y al norte también, pero tiene poca o ninguna existencia para los grandes medios de comunicación que fabrican la opinión pública en escala uni­versal.
El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso. Robert McNamara, que fue uno de los responsa­bles de la guerra del Vietnam, escribió un libro donde reconoció que la guerra fue un error. Pero esa guerra, que mató a más de tres millones de vietnamitas y a cincuenta y ocho mil norteame­ricanos, no fue un error porque fuera injusta, sino porque los Es­tados Unidos la llevaron adelante sabiendo que no la podían ga­nar.
El pecado está en la derrota, no en la injusticia. Según McNamara, ya en 1965 había abrumadoras evidencias que de­mostraban la imposibilidad del triunfo de las fuerzas invasoras, pero el gobierno norteamericano siguió actuando como si la vic­toria fuera posible.
El hecho de que los Estados Unidos hayan pasado quince años practicando el terrorismo internacional para imponer, en Vietnam, un gobierno que los vietnamitas no querían, está fuera de la cuestión. Que la primera potencia militar del mundo haya descargado, sobre un pequeño país, más bombas que todas las bombas arrojadas durante la segunda guerra mundial es un detalle que carece de importancia.
Al fin y al cabo, en su larga matanza, los Estados Unidos ha­bían estado ejerciendo el derecho de las grandes potencias a in­vadir a quien sea y obligar a lo que sea.

Los militares, los merca­deres, los banqueros, y los fabricantes de opiniones y de emociones de los países dominantes tienen el derecho de imponer a los demás países dictaduras militares o gobiernos dóciles, pueden dictarles la política económica y todas las políticas, pueden darles la orden de aceptar intercambios ruinosos y usureros, pueden exigir servidumbre a sus estilos de vida y pueden digitar sus tendencias de consumo.
Es un derecho natural, consagrado por la impunidad con que se ejerce y la rapidez con que se olvida.
La memoria del poder no recuerda: bendice. Ella justifica perpetuación del privilegio por derecho de herencia, absuelve los crímenes de los que mandan y proporciona coartadas a si discurso. La memoria del poder, que los centros de educación y los medios de comunicación difunden como única memoria po­sible, sólo escucha las voces que repiten la aburrida letanía de su propia sacralización. La impunidad exige la desmemoria.
Países y personas exitosas y hay países y personas fracasadas, porque los eficientes merecen premio y los inútiles, castigo. Para que las infamias puedan ser convertidas en hazañas, la me­moria del norte se divorcia de la memoria del sur, la acumula­ción se desvincula del vaciamiento, la opulencia no tiene nada que ver con el despojo. La memoria rota nos hace creer que la riqueza es inocente de la pobreza, que la riqueza y la pobreza vienen de la eternidad y hacia la eternidad caminan, y que así son las cosas porque Dios, o la costumbre, quieren que así sean.
Octava maravilla del mundo, décima sinfonía de Beethoven, undécimo mandamiento del Señor: por todas partes se escu­chan himnos de alabanza al mercado libre, fuente de prosperi­dad y garantía de democracia. La libertad de comercio se vende como nueva, pero tiene una historia larga. Y esa historia tiene mucho que ver con los orígenes de la injusticia, que en nuestro tiempo reina como si hubiera nacido de un repollo, o de la oreja de una cabra: hace tres o cuatro siglos, Inglaterra, Holanda y Francia ejer­cían la piratería, en nombre de la libertad de comercio, mediante los buenos oficios de sir Francis Drake, Henry Morgan, Piet Heyn, Francois Lolonois y otros neoliberales de la época; la libertad de comercio fue la coartada que toda Europa uso para enriquecerse vendiendo carne humana, en el tráfico de esclavos; cuando los Estados Unidos se independizaron de Inglaterra lo primero que hicieron fue prohibir la libertad de comercio, y las telas norteamericanas, más caras y más feas que las telas inglesas, se hicieron obligatorias, desde el pañal del bebé hasta la mortaja del muerto; después, sin embargo, los Estados Unidos enarbolaron la li­bertad de comercio para obligar a muchos países latinoameri­canos al consumo de sus mercancías, sus empréstitos y sus dic­tadores militares; envueltos en los pliegues de esa misma bandera, los solda­dos británicos impusieron el consumo de opio en China, a caño­nazos, mientras el filibustero William Walker restablecía la es­clavitud, también a cañonazos, y también en nombre de la libertad, en América Central; rindiendo homenaje a la libertad de comercio, la industria británica redujo a la India a la última miseria, y la banca británi­ca ayudó a financiar el exterminio del Paraguay, que hasta 1870 había sido el único país latinoamericano de veras indepen­diente; pasó el tiempo y a Guatemala se le ocurrió, en 1954, practi­car la libertad de comercio comprando petróleo a la Unión So­viética, y entonces los Estados Unidos organizaron una fulmi­nante invasión, que puso las cosas en su lugar; y poco después, también Cuba ignoró que su libertad de co­mercio consistía en aceptar los precios que se le imponían, com­pró el prohibido petróleo ruso, y ahí se armó el tremendo lío que desembocó en la invasión de Playa Girón y en el bloqueo interminable.
Todos los antecedentes históricos enseñan que la libertad de comercio y las demás libertades del dinero se parecen a la liber­tad de los países, tanto como Jack el Destripador se parecía a san Francisco de Asís. El mercado libre ha convertido a nues­tros países en bazares repletos de chucherías importadas, que la mayoría de la gente puede mirar pero no puede tocar. Así ha sido desde los lejanos tiempos en que los comerciantes y los te­rratenientes usurparon la independencia, conquistada por nuestros soldados descalzos, y la pusieron en venta.
Entonces fueron aniquilados los talleres artesanales que podían haber in­cubado a la industria nacional. Los puertos y las grandes ciuda­des, que arrasaron al interior, eligieron los delirios del consumo en lugar de los desafíos de la creación.
Han pasado los años, y en los supermercados de Venezuela he visto bolsitas de agua de Es­cocia para acompañar al whisky. En ciudades centroamericanas donde hasta las piedras transpiran a chorros, he visto estolas de piel para damas copetudas. En Perú, enceradoras eléctricas ale­manas, para casas de pisos de tierra que no tenían electricidad. En Brasil, palmeras de plástico compradas en Miami.
Otro camino, el inverso, recorrieron los países desarrollados. Ellos nunca dejaron entrar a Herodes en sus cumpleaños infantiles. El mercado libre es la única mercancía que fabrican, sin subsidios, pero sólo con fines de exportación. Ellos la venden, nosotros la compramos.
Sigue siendo muy generosa la ayuda que sus estados brindan a la producción agrícola nacional que así puede derramarse sobre nuestros países a precios baratísimos, a pesar de sus costos altísimos, condenando a la ruina los campesinos del sur del mundo.
Cada productor rural de lo Estados Unidos recibe, en promedio, subsidios estatales cien veces mayores que el ingreso de un agricultor de las islas Filipinas, según los datos de las Naciones Unidas. Y eso por no hablar del feroz proteccionismo de las potencias desarrolladas en la custodia de lo que más les importa: el monopolio de las tecnologías de punta, de la biotecnología y de las industrias del cono cimiento y de la comunicación, privilegios defendidos a rajata­bla para que el norte siga sabiendo y el sur siga repitiendo, y que así sea por los siglos de los siglos.
Continúan siendo altas muchas de las barreras económicas, y más altas que nunca se alzan todas las barreras humanas. No hay más que echar un vistazo a las nuevas leyes de inmigración en los países europeos, o al muro de acero que los Estados Unidos están construyendo a lo largo de la frontera con México: éste no es un homenaje a los caídos del muro de Berlín, sino que es una puerta cerrada, una más, en las narices de los trabajado­res mexicanos que insisten en ignorar que la libertad de mudar­se de país es un privilegio del dinero. (Para que el muro no re­sulte tan desagradable, se anuncia que será pintado de color salmón, lucirá azulejos decorados con arte infantil y tendrá agujeritos para mirar al otro lado.)
Cada vez que se reúnen, y se reúnen con inútil frecuencia, los presidentes de las Américas emiten resoluciones repitiendo que «el mercado libre contribuirá a la prosperidad». A la pros­peridad de quién, no queda claro. La realidad, que también existe aunque a veces se note poco, y que no es muda aunque a veces se hace la callada, nos informa que el libre flujo de capitales está engordando cada día más a los narcotraficantes y a los banqueros que dan refugio a sus narcodólares. El derrumbamiento de los controles públicos, en las finanzas y en la economía, les facilita el trabajo: les proporciona buenas máscaras y les permite organizar, con mayor eficiencia, los circuitos de distribución de drogas y el lavado del dinero sucio.
También dice la realidad que esa luz verde está sirviendo para que el norte del mundo pueda dar rienda suelta a su generosidad, instalando al sur al este sus industrias más contaminantes, pagando salarios si bélicos y obsequiándonos sus residuos nucleares y otras basuras.
El lenguaje/3
En la época victoriana, no se podían mencionar los panta­lones en presencia de una señorita. Hoy por hoy, no queda bien decir ciertas cosas en presencia de la opinión pública: el capitalismo luce el nombre artístico de economía de mer­cado;
el imperialismo se llama globalización; las víctimas del imperialismo se llaman países en vías de de­sarrollo, que es como llamar niños a los enanos; el oportunismo se llama pragmatismo; la traición se llama realismo; los pobres se llaman carentes, o personas de escasos recursos; la expulsión de los niños pobres por el sistema educativo se conoce bajo el nombre de deserción escolar; el derecho del patrón a despedir al obrero sin indemniza­ción ni explicación se llama flexibilización del mercado laboral; el lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, en­tre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría; en lugar de dictadura militar, se dice proceso; las torturas se llaman apremios ilegales, o también presiones físicas y psicológicas; cuando los ladrones son de buena familia, no son ladrones, sino cleptómanos; el saqueo de los fondos públicos por los políticos corruptos responde al nombre de enriquecimiento ilícito; se llaman accidentes los crímenes que cometen los automó­viles; para decir ciegos, se dice no videntes; un negro es un hombre de color; donde dice larga y penosa enfermedad, debe leerse cáncer o sida; repentina dolencia significa infarto; nunca se dice muerte, sino desaparición física; tampoco son muertos los seres humanos aniquilados en las operaciones militares: los muertos en batalla son bajas, y los civiles que se la ligan sin comerla ni bebería, son daños colate­rales; en 1995, cuando las explosiones nucleares de Francia en el Pacífico sur, el embajador francés en Nueva Zelanda declaró: «No me gusta esa palabra bomba. No son bombas. Son artefac­tos que explotan»; se llaman Convivir algunas de las bandas que asesinan gen­te en Colombia, a la sombra de la protección militar; Dignidad era el nombre de uno de los campos de concen­tración de la dictadura chilena y Libertad la mayor cárcel de la dictadura uruguaya; se llama Paz y justicia el grupo paramilitar que, en 1997, acribilló por la espalda a cuarenta y cinco campesinos, casi to­dos mujeres y niños, mientras rezaban en una iglesia del pueblo de Acteal, en Chiapas.


Fuentes consultadas para escribir este articulo.
*Ávila Curiel Abelardo, «Hambre, desnutrición y sociedad. La investigación epidemio­lógica de la desnutrición en México». Guadalajara, Universidad, 1990.
*Banet Richard Jr., y John Cavanagh, «Global dreams: imperial corporations and the New World Order». Nueva York, Simons & Schuster, 1994.
*Chesnais, Francois, «La mondialisation du capital». París, Syros, 1997.
*Goldsmith, Edward, y Jerry Mander, «The case against the global economy». San Fran­cisco, Sierra Club, 1997.
*FAO (Food and Agriculture Organization), «Production yearbook». Roma, 1996.
*Hobsbawm, Eric, «Age of extremes. The short twentieth century, 191-4/1991». Nueva York, Pantheon, 1994.
IMF (International Monetary Fund), «International Financial statistics yearbook». Was­hington, 1997.
*Instituto del Tercer Mundo, «Guía del mundo, 1998». Montevideo, Mosca, 1998.
*McNamara, Robert, «In retrospect». Nueva York, Times Books, 1995.
Pnud (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), «Informe sobre desarrollo humano, 1995». Nueva York/Madrid/México, 1995.
— «Informe sobre desarrollo humano, 1996». Nueva York/Madrid/México, 1996.
— «Informe sobre desarrollo humano, 1997». Nueva York/Madrid/México, 1997.
*Ramonet, Ignacio, «Géopolitique du chaos». París, Galileé, 1997.
*World Bank, «World development report, 1995». Oxford, University Press, 1996.
— «World Bank atlas». Washington, 1997.
— «World development indicators». Washington, 1997.

miércoles, 6 de mayo de 2009

GUIA DE ESTUDIO DESARROLLO Y SUBDESARROLLO

Desarrollo y subdesarrollo
En la unidad anterior reflexionamos acerca del creci­miento económico, y vimos que es un aumento a largo plazo de la productividad de un país, el cual da lugar a un mejor nivel de vida, es decir, al desarrollo. En esta unidad vamos a analizar en qué consiste este desarrollo tanto en lo económico como en lo político y cuál es su relación con el subdesarrollo.
¿Qué es el desarrollo?
Hasta hace poco, en los años sesenta, se pensaba que crecimiento y desarrollo eran lo mismo. Hoy sabemos que no es así, y que el desarrollo es una consecuencia del crecimiento. En general, entendemos por desarrollo, por ejemplo, la buena calidad de vida que disfruta la gente de un determinado lugar.
Sin embargo, la realidad de los países y de las socieda­des nos muestra que ese nivel de vida no es para todos. Es evidente que los ingresos se van concentrando en los más ricos mientras que los pobres lo son cada día más, a causa de una distribución injusta de la renta.
Los indicadores del desarrollo
El desarrollo se mide a partir de una serie de indicado­res económicos, demográficos y sociales.
• Indicadores económicos. Los países desarrollados concentran la mayor parte de la producción mundial y presentan una elevada renta por habitante, mientras que los países subdesarrollados aportan un escaso porcentaje a la riqueza mundial y tienen una renta por habitante baja.
Los contrastes en la distribución de la riqueza son evidentes. Cuando vemos por ejemplo los rascacielos y tugurios en Bogotá.
1• Indicadores demográficos. En los países desarrolla dos el crecimiento de la población es escaso debido al descenso del número de nacimientos. Por el contrario, la población de los países subdesarrollados aumenta rápidamente porque tienen una tasa de nata­lidad elevada.
2• Indicadores sociales. Los países desarrollados se caracterizan por poseer un alto nivel de bienestar social, mientras que los habitantes de los países sub-desarrollados sufren grandes carencias en alimentación, sanidad y educación.
En la actualidad, dos de cada tres seres humanos habitan en países subdesarrollados.
La desigual distribución de la riqueza y los contrastes en el nivel de bienestar.
Existen grandes diferencias entre unos países y otros respecto a su capacidad de crecimiento económico, es decir, de producir bienes y servicios. Por ejemplo, los siete países más industrializados del mundo poseen las dos terceras partes de la producción mundial. Sin embargo, estos países albergan únicamente el 11% de la población, es decir, algo más de una décima parte de la población mundial posee casi el 80% de la riqueza del planeta.
De otra parte, la concentración de la capacidad pro­ductiva en algunos países trae consigo grandes contrastes en el nivel de vida del que disfrutan sus ciudadanos. Así, por ejemplo, el PNB por habitante del país más rico es unas quinientas veces mayor que el del más pobre. Así, casi todos los países de África, Asia e Iberoamérica tienen un PNB por habitante inferior a la medía mun­dial.
Según el último Informe sobre el Desarrollo Humano (IDH) elaborado por las Naciones Unidas, y que valo­ra, además del ingreso por habitante, la esperanza de vida, la tasa de alfabetización adulta y el índice de escolaridad, existen grandes diferencias en cuanto al desarrollo humano. El valor del IDH de Canadá, que ocupa la primera posición de la clasificación, es casi cuatro veces el de Sierra Leona, que ocupa el último lugar.
Latinoamérica: subdesarrollo y dependencia
A continuación analizaremos el subdesarrollo que padece América Latina, a pesar de su riqueza vegetal y mineral.
¿Qué es el subdesarrollo?
Para muchas personas, el subdesarrollo debe medirse en términos económicos. Sin embargo, el término subde­sarrollo es más amplio y significa carencia de la calidad de vida en todos los órdenes y no sólo en el económico.

La diversidad de países subdesarrollados
Casi todos los países subdesarrollados se sitúan en África, Asia e Iberoamérica, aunque hay grandes con­trastes dentro de cada una de estas regiones.
• En África se puede distinguir entre los países musul­manes, en vías de desarrollo y el África subsahariana, que es el caso más dramático del subdesarrollo.
• En Asia hay países fuertemente subdesarrollados, como Blangladesh; países de elevada renta por habi­tante pero con una organización social y económica casi medieval (los productores de petróleo del golfo Pérsico), y países de industrialización reciente y rápi­da (Corea del Sur, Taiwán, Singapur, etc.).
• En Ibero América se observa un fuerte contraste entre países de extremada pobreza, como Haití, y países como Brasil o México, que tienen un importante desarrollo industrial.
Subdesarrollo en América Latina
• Situación económica. El crecimiento económico de Latinoamérica es lento e inestable, a pesar de que se han adelantado asociaciones de libre comercio en los últimos años, tales como MERCOSUR, el Grupo Andino y el Grupo de los Tres. A pesar de esto, e intercambio comercial con los países desarrollados por ejemplo, se realiza siempre en términos desven­tajosos para Latinoamérica, ya que se debe ajustar a las políticas que imponen aquellos.
Los modelos eco­nómicos tales como la apertura económica, en lugar de representar un avance significativo en términos de crecimiento, generó costos muy altos. Esto, debido a que el desempeño de los sectores agrícola e industrial no fue el mejor en la década de los noventa.
De otra parte, Latinoamérica representa la peor distri­bución de ingreso en el mundo, debido a que unas pocas clases sociales, al interior de los países, acaparan la pro­piedad y los recursos, al tiempo que el acceso a la edu­cación es desigual. En consecuencia, la pobreza aumentó del 35% en los años ochenta, al 38% en 1999,
Adicionalmente, los países latinoamericanos son presa de una fuerte fuga de capitales por parte de compañías extranjeras, las cuales explotan los recursos naturales)1 monopolizan la economía. Estos y otros aspectos engendran economías nacionales desarticuladas y dependientes de las decisiones de los países industrializados.

La parábola del agua documento 1
Nuestra historia se desarrolla en una tierra muy árida. Terrible­mente seca, parecida a un desierto. Sus habitantes padecían una gran escasez de agua, y naturalmente tenían sed de agua. Pasaban muchas horas del día buscándola, e incluso muchos morían de sed porque no la encontraban. No obstante, algunas gentes con mucha suerte habían encontrado agua. Era como encon­trar un oasis en el desierto. Pero en lugar de repartirla, la almacenaban avaramente. Por esto la gente co­menzó a llamarlos los agua-tenien­tes.
Un día el Pueblo fue a donde los agua-tenientes para pedirles un poco de agua, con el fin de calmar su sed. Pero los agua-tenientes respondie­ron al Pueblo bruscamente: ¡Vayanse de aquí, ignorantes! ¿Cómo les vamos a dar de nuestra agua? ¿Acaso quie­ren que nos muramos de sed?
Como los agua-tenientes eran gente muy hábil y astuta, organiza­ron al Pueblo para que les sirviera. A unos los pusieron a buscar más agua, a otros a trabajar en los manantiales y a otros a cargarla y descargarla en un gran depósito que se llamó Mercado.
Con el fin de estimular al Pueblo, los agua-tenientes les dijeron: ¡Escuchen! Por cada balde de agua que nos traigan, les pagaremos un peso. Y si ustedes necesitan, nosotros les podemos vender con mucho gusto, pero a dos pesos cada balde. La diferencia será nuestra ganancia y nos servirá para pagarles a ustedes su trabajo. Como el Pueblo tenía que llevar dos baldes de agua para poder comprar uno solo, los agua-tenientes tenían cada vez mas agua, y el Pueblo en cambio, cada vez, compraba menos agua. Con este sistema, el depósito se llenó pronto.
Naturalmente como los agua-tenientes eran la minoría, consumían poco agua. Y el Pueblo, que era la mayoría, no tenía plata suficiente para consumir mucha agua. Entonces los agua-tenientes no le pudieron dar más trabajo al Pueblo y les dijeron: No traigan más agua. ¿No ven que el depósito se está derramando? Espe­ren... tengan paciencia.
Entonces, claro, vino el desempleo general: como el Pueblo no podía traer más agua, no podía recibir nin­gún sueldo. Y sin plata no podían comprar ni siquiera un poco de agua. Comenzó entonces la sed, y no sa­bían qué hacer. No hay trabajo, no hay plata, no hay agua...
Los agua-tenientes, viendo que no vendían nada de agua resolvieron recurrir a la publicidad y a la propa­ganda, utilizaron la radio, la televi­sión, los grandes periódicos, los carteles murales, etc., toda la propa­ganda invitaba al pueblo a consumir agua y a aceptar los malos tiempos sin desesperarse. Por todas partes y a todas horas el Pueblo comenzó a oír y a ver la propaganda que decía: "Tome agua, tome más agua, consu­ma agua...".
Pero el Pueblo no podía consumir agua porque no tenía trabajo y por tanto, no tenían plata y sin plata no podían comprar agua y sin agua estaban en peligro de morir de sed.
• Subdesarrollo: manifestación del drama histórico de la desigualdad entre los hombres.
Si nos dieran trabajo, decía el Pueblo, podríamos comprar agua y si dueños no tendrían necesidad d gastar tanta plata en propaganda.
Los agua-tenientes, terriblemente preocupados, dijeron: estamos en una crisis económica. ¿Cómo es posible que nuestras propias ganancias sean las que nos están impidiendo gana más? ¿Cómo es posible que nuestras propias ganancias nos vayan a empobrecer? Tenemos que hacer algo.
Por otro lado el Pueblo, comenzaba a quejarse. Se sentía un malestar general, parecía el comienzo de algo importante. Muchos gritaban: Por favor, dennos algo de agua porque nuestros hijos se están muriendo di sed.
Pero los agua-tenientes respon­dían altaneramente: No, no, de nin­guna manera; el agua es nuestra, e propiedad privada. Si ustedes no I; compran, no podrán bebería. Allá ustedes. Negocio es negocio.

Servicio colombiano de Comunicación Social.
ACTIVIDAD: ELABORAR UN MAPA CON LOS DIFERENTES ESTRATOS SOCIALES DE BOGOTA. EN ACTIVIDADES. Se revisara en clase.
- PROXIMA SEMANA : OJO ARTICULO " CURSO PARA LA INJUSTICIA."